¿Qué hora es? ¡Ay
marica! No quería levantarme tarde este domingo.
Pero es que anoche
casi no pude dormir con toda esa bulla que hicieron esos travestis
alborotados.
Y preciso, se pararon
a fumar marihuana al pie del árbol donde
improvisé mi casa. Y es que aquí
las tórtolas somos palomas de segunda clase y no tenemos derecho a esas
mansiones que les hicieron a ellas los humanos, en los mejores sitios del
parque.
No. anoche me tocó,
repito, improvisar mi casa de afán con
unas pocas ramas que pude recoger antes que se largara el agua.
Y preciso, para acabar
de ajustar, la hice en el árbol mas despoblado del parque. Y la mojada fue tesa.
¡Y en seguida la bulla
de estas loras mojadas!
Y peor que la
bulla, ese olor a marihuana que todavía
no alcanzo a soportar. A pesar de que casi a diario se mete por mis pequeños orificios
nasales y me deja una sensación extraña de paz
a la que me abandono. (Me da vergüenza confesarlo).
Tengo miedo de
enviciarme. Qué pensarían de mí, mis primas de Marinilla: ¡Que soy una tórtola
marihuanera!
Y no quería levantarme
tarde hoy domingo, porque tengo la esperanza de que hoy también vendrá
ella. Tengo que arreglarme un poco. Debo
parecer una gallina mojada.
Si, si. Voy a volar rápido hacia la fuente. Beber un
poco de agua y mojarme la cabeza, antes de que se llene de chiquillos
malcriados.
Todavía tengo el
recuerdo en mi patica del caucherazo que me propinó ese monito pernicioso. No
sé si es el hijo o el nieto de la vendedora de butifarra, que tampoco me cae
bien y menos me agrada su insoportable olor a aceite requemado.
Pero viéndolo bien,
hasta le debo agradecer al diablito su pilatuna, pues gracias a mi cojera, pude
llamar la atención de ella.
Debe ser por eso y no
por otra razón que se fijó en mí, con esos ojitos brillantes y tiernos, muy
escasos por estos lugares.
Como olvidar su mirada
piadosa y esos mimos con los que se me acercó. Bueno y como olvidar esa bolsada de palomitas
de maíz que llevó ante mis pobres patas malheridas.
Y lo más especial, ese
aroma.... ese olor que hacía mucho
tiempo no percibía. Y no me refiero al
olor fascinante de las palomitas que me han producido más de un babeo
involuntario.
No. Me refiero a su perfume. Ya lo había sentido antes, no sé exactamente
dónde ni cuándo. Lo que si estoy seguro
es que me evoca recuerdos muy bellos de mi niñez en el campo, allá en Marinilla.
Y es que por estos
lares, insisto, es casi imposible percibir ese tipo de aromas, tan suaves y a
la vez tan impactantes.
Desde que soy
habitante forzado de este parque, solo he convivido con olores a marihuana, aceite
quemado, alcohol, mierda de palomas, de perros y de humanos; humo de carros y de motos, el olor fétido de
los indigentes que duermen en las bancas del parque o el de los borrachos que
se vomitan sostenidos por los arboles… Uffff.
¡Ay marica! Con toda
esta pensadera, ya son las doce. Y ya está
lleno el parque con sus habituales moradores y con sus visitantes de domingo.
Están todos.
Todos, menos ella.
¿Será que se olvidó de
mí? O ¿será que el hecho de que se fijara en mí fue solo y nada más un absurdo
de mi imaginación? No lo sé, pero de lo que si estoy seguro es que con toda
esta mierda que hay a mí alrededor no es nada raro que pierda la poca conciencia
que me queda de mi realidad.
¿Y cómo no? Es que acá en esta ciudad la vida es más
dura, como olvidar esas épocas allá en mi municipio del alma, donde mis primas
y yo no la pasábamos en el parque principal, tan desparchados como siempre y
como de costumbre gozándonos desde sus arboles tan altos y tan empinados a cualquier humano que como buen marinillo no
dejaba de ser gracioso, jajaja, de solo acordarme me da risa.
Y es que como olvidar
esos paisajes, y esas fincas llenas de cultivos con papa, yuca, maíz y
hortalizas, tan apetitosas que me hacían comer de gula, ahhh, gordito pero
¡lleno de vida!
Pero ahora que vuelvo
a la triste realidad, me doy cuenta que ya han pasado más de 2 horas y aun no
se nada de ella, alzo vuelo hacia la punta de la estatua de Simón Bolívar en
donde el panorama es mucho mas visible, pero no veo nada, bueno, nada que me
importe, solo la misma señora, sí, ésa, la de las butifarras, con su delantal
blanco lleno de carbón y de aceite quemado, con esas trenzas malhechas en su
cabeza y esos zapatos mañés que parecen de payaso, es que en serio, ¿nadie les
ha enseñado a vestirse?
Aunque ahora que miro
por otro lado, veo que el señor del micrófono, ése que se la pasa hablando de
Dios todos los días, vino con un nuevo estilo el día de hoy, desde que vivo en
este parque siempre lo veo con esos pantalones rotos y sucios y su saco lanudo
que huele mal, pero hoy, vino elegante, tiene un traje de esos que usan los
ejecutivos que pasan por acá y miran entre los hombros, ¡se ve bien!, llama la
atención de la gente, este tipo se despertó hoy con el pie derecho.
¡Tengo hambre!, veo
que hoy el padre de la iglesia se acordó de echarnos arroz, que digo echarnos,
echarles, porque las palomas como siempre se creen las dueñas del parque y
hasta el arroz se lo comen, no comparten, es que si estuviera acá con mis
primas les daríamos a esas creídas su buen merecido.



