domingo, 22 de septiembre de 2013

Un emigrante en el Parque Bolívar



¿Qué hora es? ¡Ay marica! No quería levantarme tarde este domingo.

Pero es que anoche casi no pude dormir con toda esa bulla que hicieron esos travestis alborotados. 

Y preciso, se pararon a fumar marihuana al pie del árbol donde  improvisé mi casa.   Y es que aquí las tórtolas somos palomas de segunda clase y no tenemos derecho a esas mansiones que les hicieron a ellas los humanos, en los mejores sitios del parque.

No. anoche me tocó, repito,  improvisar mi casa de afán con unas pocas ramas que pude recoger antes que se largara el agua.

Y preciso, para acabar de ajustar, la hice en el árbol mas despoblado del parque.  Y la mojada fue tesa.

¡Y en seguida la bulla de estas loras mojadas!

Y peor que la bulla,  ese olor a marihuana que todavía no alcanzo a soportar. A pesar de que casi a diario se mete por mis pequeños orificios nasales y me deja una sensación extraña de paz  a la que me abandono. (Me da vergüenza confesarlo).

Tengo miedo de enviciarme. Qué pensarían de mí, mis primas de Marinilla: ¡Que soy una tórtola marihuanera!

Y no quería levantarme tarde hoy domingo, porque tengo la esperanza de que hoy también vendrá ella.  Tengo que arreglarme un poco. Debo parecer una gallina mojada.

Si, si.  Voy a volar rápido hacia la fuente. Beber un poco de agua y mojarme la cabeza, antes de que se llene de chiquillos malcriados.

Todavía tengo el recuerdo en mi patica del caucherazo que me propinó ese monito pernicioso. No sé si es el hijo o el nieto de la vendedora de butifarra, que tampoco me cae bien y menos me agrada su insoportable olor a aceite requemado.

Pero viéndolo bien, hasta le debo agradecer al diablito su pilatuna, pues gracias a mi cojera, pude llamar la atención de ella.

Debe ser por eso y no por otra razón que se fijó en mí, con esos ojitos brillantes y tiernos, muy escasos por estos lugares.

Como olvidar su mirada piadosa y esos mimos con los que se me acercó.  Bueno y como olvidar esa bolsada de palomitas de maíz que llevó ante mis pobres patas malheridas.

Y lo más especial, ese aroma....  ese olor que hacía mucho tiempo no percibía.   Y no me refiero al olor fascinante de las palomitas que me han producido más de un babeo involuntario.

No.  Me refiero a su perfume.  Ya lo había sentido antes, no sé exactamente dónde ni cuándo.   Lo que si estoy seguro es que me evoca recuerdos muy bellos de mi niñez en el campo, allá en Marinilla.

Y es que por estos lares, insisto, es casi imposible percibir ese tipo de aromas, tan suaves y a la vez tan impactantes.

Desde que soy habitante forzado de este parque, solo he convivido con olores a marihuana, aceite quemado, alcohol, mierda de palomas, de perros y de humanos;  humo de carros y de motos, el olor fétido de los indigentes que duermen en las bancas del parque o el de los borrachos que se vomitan sostenidos por los arboles… Uffff.

¡Ay marica! Con toda esta pensadera, ya son las doce.   Y ya está lleno el parque con sus habituales moradores y con sus visitantes de domingo.

Están todos.

Todos,  menos ella.

¿Será que se olvidó de mí? O ¿será que el hecho de que se fijara en mí fue solo y nada más un absurdo de mi imaginación? No lo sé, pero de lo que si estoy seguro es que con toda esta mierda que hay a mí alrededor no es nada raro que pierda la poca conciencia que me queda de mi realidad.

¿Y cómo no?  Es que acá en esta ciudad la vida es más dura, como olvidar esas épocas allá en mi municipio del alma, donde mis primas y yo no la pasábamos en el parque principal, tan desparchados como siempre y como de costumbre gozándonos desde sus arboles tan altos y tan empinados  a cualquier humano que como buen marinillo no dejaba de ser gracioso, jajaja, de solo acordarme me da risa.

Y es que como olvidar esos paisajes, y esas fincas llenas de cultivos con papa, yuca, maíz y hortalizas, tan apetitosas que me hacían comer de gula, ahhh, gordito pero ¡lleno de vida!

Pero ahora que vuelvo a la triste realidad, me doy cuenta que ya han pasado más de 2 horas y aun no se nada de ella, alzo vuelo hacia la punta de la estatua de Simón Bolívar en donde el panorama es mucho mas visible, pero no veo nada, bueno, nada que me importe, solo la misma señora, sí, ésa, la de las butifarras, con su delantal blanco lleno de carbón y de aceite quemado, con esas trenzas malhechas en su cabeza y esos zapatos mañés que parecen de payaso, es que en serio, ¿nadie les ha enseñado a vestirse?

Aunque ahora que miro por otro lado, veo que el señor del micrófono, ése que se la pasa hablando de Dios todos los días, vino con un nuevo estilo el día de hoy, desde que vivo en este parque siempre lo veo con esos pantalones rotos y sucios y su saco lanudo que huele mal, pero hoy, vino elegante, tiene un traje de esos que usan los ejecutivos que pasan por acá y miran entre los hombros, ¡se ve bien!, llama la atención de la gente, este tipo se despertó hoy con el pie derecho.

¡Tengo hambre!, veo que hoy el padre de la iglesia se acordó de echarnos arroz, que digo echarnos, echarles, porque las palomas como siempre se creen las dueñas del parque y hasta el arroz se lo comen, no comparten, es que si estuviera acá con mis primas les daríamos a esas creídas su buen merecido.     


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