¿Hay
acaso un trabajo más devaluado que el de recolector de basuras? Sin embargo, se ha detenido un momento a
imaginar que pasaría en nuestra “Tacita De Plata” si estos héroes anónimos,
todos los días del año, sin excepción, no cumplieran con esta labor
abnegada.
Diariamente
se producen en Medellín más de 1.800 toneladas de basuras y si no fuera por
este ejército de 250 hormiguitas limpiadoras que trabajan en la recolección y
transporte de desechos a lo largo y ancho de la ciudad, los habitantes de esta “Bella
Villa” podrían despertarse cualquier día amenazados de muerte por las
enfermedades que la basura en descomposición y al aire libre es capaz de
incubar.
Los
desechos atraen roedores e insectos que albergan parásitos causantes de
enfermedades graves para los seres humanos. Los residuos pueden contaminar las
aguas superficiales, aguas subterráneas, el suelo y el aire afectando los ecosistemas. La emisión de gases
tóxicos y los líquidos venenosos
generarían, en cuestión de horas, una contaminación visual y odorífica
extrema, y en unas pocas semanas una pandemia afectaría fulminantemente los
pulmones y el corazón de los ciudadanos. Así de apocalíptica puede llegar a ser
la basura en descomposición, al aire libre y en acumulación permanente.
Mientras
la mayoría de nosotros descansamos apaciblemente, un batallón de limpieza está
listo cada día para empezar su ardua tarea y, al contrario de lo que muchos
piensan, aman su trabajo porque se sienten responsables del bienestar de la
ciudad, a pesar de que les toca el trabajo sucio, literalmente hablando.
Es
por esto que decidimos acompañar a dos equipos de limpieza de las Empresa
Varias de Medellín, estos amigos secretos de nuestro bienestar, como los podemos
llamar ahora. Hacer un recorrido con
ellos y así registrar de primera mano lo que piensan y sienten mientras cumplen
con su importante tarea.
EL CENTRO DE LA CIUDAD: EL
MAYOR PRODUCTOR DE BASURA.
A
las 5:00 de la mañana, del Centro de Acopio de San Juan con Palacé, sale puntual
el imponente camión de la basura, un Chevrolet de tres toneladas y en él sus tres
ocupantes: Omar Monsalve, conductor y Álvaro zapata y Jorge Echeverry, recolectores.
Omar
de 47 años de edad y con una experiencia de 19 años en la empresa, va impecablemente
vestido con su uniforme de camisa azul y pantalones negros. Álvaro y Jorge, en
cambio, algo más jóvenes, lucen su uniforme distintivo gris con naranja. Su misión: Librar de la basura a una de la
zonas de mayor producción de desechos y desperdicios: El centro de Medellín,
sector B, como ellos lo clasifican.
Su
recorrido, que comienza en la Calle San
Juan, gira a la derecha por la Avenida Bolívar. Allí el camión hace su primera
parada y los dos recicladores recogen con agilidad tres bultos de basura no muy
grandes. Mientras tanto, Omar hace un
comentario: “Siempre sabemos dónde las personas dejan la basura, eso es lo
bueno de tener tantos años de experiencia”. El camión prosigue su ruta parando
en cada esquina, recogiendo pequeños bultos.
Su movilidad por obvias razones es lenta, lo que hace que los demás conductores
le piten constantemente. Omar, con la
calma que le ha dado la misma experiencia, comenta: “Siempre hay inconvenientes
con la gente, ellos no entienden que tenemos que estar parando siempre que haya
un bulto de basura, no es grato para mí formar trancones, pero no podemos
hacerlo de otra manera”.
En la
Avenida De Greiff, el camión hace su parada más larga, tanto así, que los tres,
conductor y recolectores se bajan del
camión para calcular si la cantidad de basura concentrada en este punto puede caber en el camión.
A
esta hora ya empieza a congestionarse el tráfico y la gente pasa presurosa
hacia sus trabajos. De repente, como de la nada, aparecen dos hombres vestidos
de verde quienes con gran agilidad empiezan a recoger las basuras de la Avenida
y las depositan en el camión con la ayuda de los dos recolectores de Empresas
Varias. Interrogamos a Omar sobre estos
personajes y nos cuenta: “Estos hombres son personas pobres e indigentes que
ayudan en la recolección de la basura, sobre todo en esta avenida que es el
punto más crítico de nuestro recorrido. Acá se concentra la mayor cantidad de
basura porque es la zona donde hay más locales de comidas”.
Después
de 40 minutos de larga espera y arduo trabajo, el camión parte de la Avenida de
Greiff hasta Palacé. Allí los espera también gran cantidad de bultos de basura
acumulada, lo que es una mala noticia, pues el camión ya está casi lleno. Omar
para solucionar el problema, procede a comprimir la basura lo más que puede y
así abrirle espacio para todo lo que falta. Álvaro aprovecha para hacer un comentario: “Esto
si es tenerle mucho amor al trabajo, sería ideal que la gente supiera todo lo
que tenemos que hacer para contribuir con el medio ambiente además de que colaboramos
para que la ciudad se vea siempre bonita”.
Otros
20 minutos de espera para comprimir la basura. De ahí, hacia su trayectoria
final, Junín. En este Pasaje, el olor es menos fuerte porque los residuos son
de locales comerciales. Sin embargo, el
trabajo no deja de ser duro, pues tienen que pasar local por local para recibir
las basuras. “Nosotros a diario nos desgastamos mucho, todas las mañanas me
levanto con dolor en las piernas y me da tendinitis”, se queja Jorge. Pero Alvaro
lo contradice: “Yo nunca me levanto cansado porque de solo pensar que con mi
labor ayudo para el beneficio de la comunidad, me hace sentir importante y hace
que mis energías se reactiven”.
Ya
es la 1:00 de la tarde. Culmina la ruta de este camión repleto con 3 toneladas
de basuras. Pero solo termina su trayectoria en la ciudad. Aún les falta unas
tres horas de camino, ida y vuelta, hasta el Relleno Sanitario La Pradera, su destino
final, 15 kilómetros después del municipio de Barbosa. “Es la parte mas aburridora del trabajo”,
sentencia Omar con aire de resignación.
UNA CIUDAD SIN ESCOMBROS...
A la
misma hora, 5:00 de la mañana, sale una de las 10 portentosas volquetas
International que la empresa tiene destinadas para la recolección de escombros
en toda la ciudad. En ella, sus tres tripulantes:
Giovanni Zapata, conductor y Rubén Palacio y Rubén Escobar, recolectores.
Aunque
sus uniformes son los mismos, esta cuadrilla se diferencia de los recolectores de basura en que son más
jóvenes y definitivamente más fornidos. Su corpulencia física, especialmente la
de los tocayos, se debe sin duda a la exigente tarea de recoger cuantos
escombros, materiales pesados y muebles viejos encuentran a su paso. “Al
principio nos daba muy duro” comenta Rubén Palacio, “Llegábamos muy cansados a
la casa y nos levantábamos molidos. Ahora ni lo sentimos. Todo es cuestión de costumbre”.
Su
recorrido que ellos clasifican como zona 4, una de las 7 en que dividen la
ciudad, comienza en el sector conocido como Laureles Estadio. Gracias también a su gran experiencia,
conocen exactamente donde están los botaderos mas comunes y se disponen a ir a
esos lugares específicos.
Primero,
empiezan por el barrio Carlos E. Restrepo. Por su ubicación y espacios abiertos,
es un sector muy utilizado para botar escombros. La volqueta recorre esquina
por esquina y efectivamente, frente a la Biblioteca Pública Piloto encuentran
su primera carga: Grandes pedazos de muros y varias bolsas de tierra y material
de construcción. Con destreza los tocayos se apean y haciendo gala de su enorme
fuerza, levantan con facilidad los escombros y los lanzan a la volqueta. “Este
trabajo es de mucho esfuerzo, sobre todo para los muchachos que recogen esos
muros y bultos tan pesados. La gente debía tener más consideración y botar los desechos en los lugares destinados
para eso”, comenta Giovanni con un dejo de recriminación.
De
ahí, la volqueta se dirige a la Unidad
Deportiva Atanasio Girardot y lo recorre en todos su perímetro. Cuatro bultos
de materiales los están esperando al frente del Centro Comercial Obelisco. “Me
da una inmensa satisfacción ver el estadio de nuestra ciudad limpio e
impecable”, comenta con orgullo Giovanni.
La
volqueta sigue su ruta hacia el barrio Laureles. “En este barrio los habitantes tienen la buena
costumbre de dejar los escombros en un solo punto”, nos cuenta Rubén escobar. El lugar escogido es en un terreno baldío en
el que no solo encontramos escombros, también una cama desarmada, un escritorio
y unos muebles viejos. Los dos recolectores se apresuran a montar todo con la
mayor rapidez posible.
Prosiguen
su largo recorrido. En los alrededores de la UPB levantan un par de llantas viejas, algunas ramas y otros desechos de árboles.
Luego, en el barrio Calasanz, después de recoger varios bultos es las esquinas acostumbradas,
Giovanni hace una parada muy particular en una de las casas del barrio. “Hay
algunas personas que nos llaman para que les recojamos muebles o escombros en
sus casas. Este es un servicio especial que se cobra a una tarifa muy baja,
dependiendo de la cantidad del material que tengan”, explica Giovanni.
Ahora
la volqueta va a hacer su último recorrido hacia la Comuna 13. “Ésta es la última parte del recorrido. Acá
prefiero que no sigas con nosotros. Además de ser un sector peligroso, el
trabajo es mucho mas duro sobre todo en esta época de invierno por la tierra y
las piedras que tenemos que recoger”, me despide Giovanni, con una decencia y amabilidad
casi paternales.
Este
fue el final de una experiencia única. Acompañar a estos personajes tan
especiales en una parte de su trajinar diario, puede tomarse como un sencillo homenaje
a un gremio tan poco valorado por la mayoría de nosotros.
De los
“héroes anónimos” que trabajan para esta gran empresa, escogimos a estos
hombres que los representan a todos y que merecen que su labor sea destacada,
porque gracias a ellos, despertamos día a día con nuestras calles libres de la
amenaza que significan las basuras y los desechos.
“Todavía
hay personas que nos agradecen y tiene detalles con nosotros, pero son mas bien
pocos”, se quejan con razón varios de ellos.



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